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El apoyo de la gente que no te debe nada.

Hay algo que ocurre cuando publicas tu primer libro; empiezas pensando que las personas que te conocen serán las primeras en estar ahí. No porque te deban nada o tengan la obligación de comprar lo que haces, compartirlo o hablar de ello; sino simplemente porque te conocen y saben lo que te ha costado llegar hasta aquí. Porque han visto partes del camino, incluso cuando todavía no sabías adónde te llevaba, pero a veces no ocurre así.

Entonces aparecen personas que no te deben absolutamente nada, que un día compran tu libro sin conocerte. Después te escriben para decirte que una frase se les quedó dentro, comparten una publicación, recomiendan tu historia o te dedican unos minutos de su tiempo simplemente porque quieren hacerlo. Sin ningún tipo de compromiso, sin deberte ningún favor.

Y quizá por eso emociona tanto.

Desde que empecé a publicar mis libros he conocido a personas que han celebrado conmigo cosas pequeñas que para mí eran enormes: una venta, una reseña, un mensaje bonito… una oportunidad inesperada… una presentación…Son personas que entendieron la importancia de algo sin haber vivido todo lo que había detrás.

Ser autora independiente me está enseñando muchas cosas. Algunas sobre escribir, otras sobre publicar, vender, equivocarme y aprender sobre la marcha. Pero también me está enseñando algo sobre las personas. El apoyo no siempre viene de donde esperabas.

Y eso, al principio, puede doler. Porque una parte de ti mira hacia los lugares conocidos esperando algo: una palabra, un gesto, un poco de curiosidad… No necesitas grandes demostraciones, pero quizá sí esperabas sentir que aquello que es importante para ti también importaba, aunque fuera un poco, a quienes forman parte de tu vida.

Pero aprendes a mirar en otra dirección… no para olvidar a nadie ni para llevar una cuenta de quién estuvo y quién no. Sino para valorar de verdad a quienes decidieron acercarse y estar… A esa persona que te recomendó sin conocerte, a quien compró tu libro y volvió para contarte qué sintió, a quien comparte lo que haces sin que se lo pidas, a quien te anima en un momento en el que tú misma estás dudando…

Hay personas que llegan a tu vida cuando ya has empezado el camino y, aun así, deciden acompañarte un tramo. Y eso tiene un valor inmenso, porque nadie les pidió que lo hicieran, no había una deuda pendiente… Porque podían haber seguido de largo, pero se quedaron un momento.

A veces hablamos mucho de las ausencias y poco de esas presencias inesperadas; gente que aparece sin prometer nada y termina dejando algo bueno. De quienes quizá no saben todo lo que significa su mensaje, su compra, su recomendación o su simple interés.

Yo estoy aprendiendo a darles el valor que merecen; dejar de mirar hacia donde esperaba encontrar apoyo y empezar a agradecer los lugares en los que sí lo encontré.

Cuando estás construyendo algo desde cero, muchas veces sola y aprendiendo sobre la marcha, esos gestos pesan mucho más de lo que, quien los hace, puede imaginar.

Quizá una de las cosas más bonitas de este camino sea precisamente esa: descubrir que también existen personas capaces de alegrarse por alguien a quien apenas conocen.

A todas ellas, gracias.

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