Todo lo que cambió desde que decidí escribir mi verdad.
Han pasado tres meses desde que publiqué mi primer libro y todavía siento que sigo viviendo dentro de todo lo que ocurrió desde aquel día. Tres meses pueden parecer poco tiempo, pero cuando algo te cambia por dentro, el tiempo se mide diferente. Hay experiencias que duran años y apenas dejan huella, y hay otras que en cuestión de semanas transforman completamente la manera en la que te ves a ti misma, a los demás y al mundo.
Publicar mi primer libro fue una de esas cosas.
Recuerdo perfectamente el miedo que sentía antes de hacerlo, porque no estaba publicando únicamente páginas encuadernadas, estaba dejando que otras personas entrasen en partes muy vulnerables de mí. Partes que nacieron del dolor, de la ansiedad, de noches donde no sabía cómo seguir adelante y de momentos donde escribir era la única forma que encontraba para no ahogarme en todo lo que llevaba dentro.
Muchas veces creemos que escribir es ordenar pensamientos. Pero para mí fue sobrevivir.
Poder sentarme frente a una página y descargar cuando no sabía cómo explicarle a nadie lo que me estaba pasando… fue intentar darle nombre a emociones que durante mucho tiempo solo fueron ruido dentro de mi cabeza. Poder escribir mientras me rompía me salvó y, al mismo tiempo, pude reconstruirme, porque nunca vuelves a ser la misma persona, pero si aprendes mucho y te conoces mucho.
Lo que nunca imaginé al principio que aquello terminaría convertido en un libro. Pero cuando me decidí a hacerlo tenía claro que no quería interferencias de ningún tipo y por eso fue algo que hice en total silencio hasta que lo tenia ya publicado en Amazon, no quería que nada me condicionara.
Y mucho menos imaginé todo lo que vino después. Porque lo más fuerte de esta experiencia no fueron las ventas, ni las cifras, ni siquiera el hecho de ver mi libro físicamente publicado. Lo más fuerte fue descubrir el impacto emocional que puede tener algo escrito desde la honestidad.
Desde que publiqué el libro empezaron a llegar mensajes de personas que se sintieron identificadas. Personas que me hablaban de sus propias luchas, de sus procesos emocionales, de pérdidas, de ansiedad, de relaciones que les rompieron por dentro o de etapas donde también sintieron que estaban sobreviviendo como podían.
Y de repente entendí algo que me cambió profundamente: muchas veces creemos que estamos solos en lo que sentimos, hasta que alguien pone en palabras exactamente aquello que nunca supimos explicar.
Ahí fue cuando el libro dejó de ser solo mío.
Cada conversación después de una presentación, cada abrazo inesperado, cada persona que se acercó emocionada después de leerme, fue transformando mi manera de entender la escritura. Porque escribir ya no era únicamente desahogarme. Era conectar, acompañar. Era mirar a otra persona y sentir que, aunque nuestras historias fueran distintas, había emociones que hablaban el mismo idioma.
A veces todavía me cuesta creer que algo nacido desde un momento tan oscuro de mi vida haya terminado generando conversaciones tan humanas y tan bonitas.
Durante estos tres meses aprendí muchísimo. Aprendí que publicar un libro siendo autora independiente implica construir todo desde cero. Aprendí a moverme entre presentaciones, redes sociales, nervios, inseguridades y momentos donde una duda enorme aparecía constantemente en mi cabeza: “¿Lo estaré haciendo bien?”
Porque no tengo un equipo detrás. No hay una estructura organizando cada paso; soy simplemente yo intentando sacar adelante algo en lo que creo profundamente.
Y aun así, aquí sigo. Siguiendo adelante incluso cuando tengo miedo, cuando dudo, cuando me critican…
Las cosas más reales siempre nacen así: imperfectas, vulnerables y humanas. Y quizá precisamente por todo eso, tres meses después llega el segundo libro.
No porque el primero haya terminado, sino porque quedaron muchas cosas que contar.
Este segundo libro nace desde otro lugar emocional. Sigue teniendo heridas y partes muy íntimas de mí, pero también tiene más conciencia, más aprendizaje y una mirada distinta sobre todo lo vivido.
La escritura dejó de ser solamente refugio y se convirtió en identidad; en un propósito, en una manera de darle sentido a muchas cosas que antes solo dolían. Y aunque todavía sigo aprendiendo, todavía sigo teniendo miedo y todavía sigo sintiéndome pequeña muchas veces dentro de todo esto, hay algo que tengo claro: nunca me voy a arrepentir de haber escrito desde la verdad.
Porque en un mundo donde tantas veces intentamos aparentar que estamos bien, descubrir que alguien conecta contigo precisamente por mostrar tus partes más frágiles, es algo profundamente humano.
Hoy miro atrás y veo a la persona que escribió aquel primer libro intentando sostenerse como podía. Y siento orgullo. No por haber publicado. Sino por no haber dejado de escribir incluso cuando más rota estaba.
Si algo me enseñaron estos tres meses es que las palabras no siempre salvan, pero sí pueden acompañar. Y a veces, cuando alguien está intentando sobrevivir emocionalmente, sentirse acompañado ya es muchísimo.
Quizá por eso sigo escribiendo. Porque en algún lugar, alguien puede estar leyendo exactamente lo que necesita escuchar para sentir que no está solo. Y si mis palabras consiguen eso aunque sea una sola vez, entonces todo habrá valido la pena.
Por todas esas veces que yo me sentí sola, ignorada o incomprendida.
Gracias por estar aquí 🤍

Deja un comentario