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Hay etapas de la vida que no se viven… se sobreviven. La adolescencia, para muchos, es una de ellas. No siempre es esa etapa que nos vendieron: de risas, descubrimiento y primeras veces bonitas.

A veces es justo lo contrario. A veces es sentirte fuera de lugar en todas partes. Como si no encajaras ni en tu propia vida.

No es rebeldía. Es dolor.

Cuando eres adolescente y te sientes perdido, no sabes ponerle nombre a lo que te pasa. Solo sabes que algo duele.

Duele no sentirte comprendido. Duele sentir que no puedes hablar con nadie sin que minimicen lo que sientes. Duele estar rodeado de gente y aun así sentirte completamente solo.

Y entonces empiezas a callarte.

A hacer como que todo está bien. A sonreír cuando no puedes más. A aprender a esconderte incluso de ti mismo. Cuando el refugio no es un refugio.

Y ahí es donde llegan los fines de semana.

No porque te apetezca salir. No porque estés bien.

Sino porque es el único momento en el que parece que puedes dejar de pensar.

El alcohol no aparece como fiesta. Aparece como escape.

Como una forma de apagar el ruido de la cabeza. De encajar, aunque sea por unas horas. De sentir algo distinto al vacío.

Durante unas horas… funciona. Te ríes más. Hablas más. Sientes menos.

Pero luego vuelves a casa. Y todo sigue ahí. Nadie ve lo que hay detrás.

Desde fuera, puede parecer solo “una etapa”. “Cosas de jóvenes”. “Ya se le pasará”. Pero no siempre se pasa.

Porque lo que hay debajo no es el alcohol.

Es la soledad. Es la falta de apoyo.

Es no saber cómo pedir ayuda… o sentir que no la mereces.

Lo que de verdad necesitábamos. No necesitábamos más normas. Ni más juicios. Ni más “cuando yo tenía tu edad…”

Necesitábamos que alguien nos mirara de verdad. Que alguien preguntara sin juzgar.

Que alguien se quedara cuando no sabíamos ni cómo explicarnos. Que alguien entendiera que no estábamos buscando fiesta… estábamos buscando un lugar donde no doliera tanto.

Si tú también lo viviste…

Si alguna vez sentiste que solo eras tú contra el mundo…

que el único respiro era desconectar de todo aunque fuera de esa manera… quiero que sepas algo: No estabas exagerando.

No eras débil. No eras “demasiado”.

Estabas haciendo lo que podías con lo que tenías.

Y por eso escribí mi libro. Porque hay historias que no se ven.

Dolores que se normalizan.

Y adolescentes que aprenden a sobrevivir en silencio.

Yo fui una de ellas.

Y ponerle palabras a todo eso… fue mi forma de empezar a entenderlo.

Si este tema resuena contigo, en “No me rompí del todo” hablo de todo aquello que no se decía, pero se sentía.

Porque a veces, leer lo que uno no supo explicar… también puede ayudarnos.

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