La depresión: así la viví yo.
No hablo de la depresión desde fuera. No la estudié en un libro. La viví.
Y durante mucho tiempo, ni siquiera supe ponerle ese nombre. Porque no siempre llega como te cuentan. No siempre es llorar todo el día. No siempre es no poder levantarte de la cama.
A veces es mucho más silenciosa.
En mi caso, la depresión no hacía ruido. Se instaló poco a poco. Sin avisar. Quitándome las ganas de vivir y la ilusión por las cosas más sencillas y cotidianas como el simple hecho de tomarme un café o ir a tomar el sol a la playa que me encantaba.
Yo seguía haciendo mi vida. Me levantaba.
Cuidaba de mis hijos. Eso nunca deje de hacerlo. Respondía. Cumplía.
Desde fuera, todo parecía normal.
Pero por dentro, no estaba.
Lo más difícil de explicar no era el dolor. Era la ausencia.
No sentía tristeza clara. Sentía vacío. Una desconexión difícil de explicar. Como si algo dentro de mí se hubiera apagado sin romperse del todo. Como si estuviera viviendo un paso por detrás de mi propia vida.
Estaba, pero no estaba.
Y eso confunde mucho. Porque cuando no hay un motivo concreto, piensas que el problema eres tú.
Durante ese tiempo, funcionaba. Esa es la palabra. Vivía en automático.
Funcionaba como madre. Como pareja.
Como persona que cumple con lo que toca.
Pero no vivía.
No había presencia. No había descanso.
No había conexión con lo que estaba pasando a mi alrededor. Todo era inercia.
Respirar no siempre es vivir.
Y yo lo aprendí así.
Hay algo que cuesta mucho decir en voz alta.
Yo no quería morir. Pero muchas veces pensaba en desaparecer.
En apagarme un rato. En no tener que sostener nada. En que todo se parara sin tener que romperlo yo.
No era un pensamiento extremo. Era una huida silenciosa.
Y eso también es depresión. Aunque nadie lo vea.
Aunque intentes seguir, el cuerpo lo cuenta, lo acaba mostrando de alguna forma.
Tensión constante. Cansancio que no se va durmiendo. Una presión en el pecho que no sabes explicar.
Todo pesa más: el ruido, la luz, las decisiones pequeñas.
Es como vivir bajo el agua. Y aun así, sigues.
Porque sabes hacerlo. Porque siempre lo has hecho.
Una de las partes más duras no fue cómo me sentía.
Fue darme cuenta de que, cuando no estás bien… mucha gente desaparece.
No porque quieran hacer daño. Sino porque no saben cómo estar.
Y ahí vuelve algo muy antiguo: la sensación de no importar. La de sobrar.
La de no ser suficiente ni siquiera cuando estás mal.
La depresión no siempre te rompe de golpe. A veces te vacía poco a poco.
Te deja funcionando, pero ausente. Te hace dudar de ti. Te convence de que no pasa nada… mientras te apagas.
Y como sigues cumpliendo, nadie lo cuestiona.
Ni siquiera tú.
No escribo esto para dar lecciones. Ni porque tenga todo resuelto.
Lo escribo porque sé lo que es estar ahí. Y porque si alguien lee esto y se reconoce, quizá entienda algo importante:
No eres débil. No eres exagerada.
No eres el problema.
Estás cansada. Y probablemente llevas demasiado tiempo sosteniendo más de lo que te toca.
Yo no tengo una fórmula.
No hay frases mágicas. No hay finales perfectos.
Pero sí hay algo que a mí me habría ayudado: Saber que no era la única que se sentía así.
Por eso escribo. Porque a veces, lo único que necesitamos no es que nos expliquen cómo salir… sino que alguien nos acompañe mientras estamos dentro.
Y si estás ahí, no estás sola.

Deja un comentario