Written by

Por qué escribí “No me rompí del todo: Aprender a vivir después del daño”.

Quiero decir algo que durante muchos años no supe cómo explicar.

La salud mental no empieza en la edad adulta.

Empieza en la infancia.

Empieza en un aula.

En un patio.

En un grupo donde encajar parece una cuestión de supervivencia.

Durante mucho tiempo se ha restado importancia al bullying llamándolo “cosas de niños”.

Pero no son cosas de niños.

Son experiencias que moldean la autoestima.

Que enseñan a callar.

Que enseñan a hacerse pequeño.

Que enseñan a no destacar para no ser señalado.

Y eso no desaparece cuando uno crece.

Se transforma.

En adultos que dudan de sí mismos.

En personas que viven en alerta constante.

En mujeres que aparentan fortaleza mientras cargan con heridas invisibles.

Yo no hablo desde el rencor.

Hablo desde la conciencia.

Porque fui una niña que aprendió demasiado pronto a sobrevivir.

Y porque sé que muchas personas adultas que hoy intentan reconstruirse, empezaron a fracturarse en la etapa escolar.

No se trata de buscar culpables.

Se trata de asumir responsabilidad colectiva.

La salud mental de nuestros hijos no puede depender de que “aprendan a defenderse”.

Debe depender de que se sientan protegidos.

No es exageración.

Es prevención.

Si normalizamos la crueldad disfrazada de broma, estamos sembrando inseguridad futura.

Si miramos hacia otro lado, estamos validando el daño.

Yo escribí mi libro desde la reconstrucción.

Pero también desde el deseo de que otras personas no tengan que pasar por ese mismo proceso de recomponerse en la adultez.

Porque no todos logran sostenerse.

Y si hoy tengo voz, quiero usarla para recordar algo muy sencillo:

Lo que ocurre en un colegio no se queda en un colegio.

Se queda en la identidad.

Y cuidar la salud mental desde la infancia no es una opción.

Es una necesidad.

Yo no escribí este libro para señalar a nadie.

Lo escribí para entender.

Entender que muchas veces la adultez no se rompe de golpe.

Se va fracturando en pequeños silencios que aprendimos en la infancia.

Lo que ocurre en un aula importa.

Lo que ocurre en un patio importa.

Las risas que excluyen importan.

Porque un niño no tiene herramientas para gestionar el rechazo constante.

Un adolescente no tiene la madurez para entender que una burla no define su valor.

Si hoy somos adultos intentando recomponernos, quizá deberíamos preguntarnos qué estamos sembrando en las aulas ahora mismo.

Yo no me rompí del todo.

Pero sé que no todos tienen esa misma capacidad de sostenerse.

Por eso hablo.

Por eso escribo.

Y por eso creo que la salud mental no es un tema de moda.

Es una responsabilidad colectiva.

Deja un comentario